sábado, 2 de julio de 2016

Reflexiones de una mujer casada Blanca Oraa Moyua



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Sentimiento inesperado







Mónica Menchacatorre empezaba a sospechar que se había equivocado al casarse solo por amor, sin haber tenido en cuenta otros aspectos de la vida, que adquieren importancia cuando la pasión cede paso al compañerismo, al proyecto de vida en común y a la rutina cotidiana.
Notaba que la idea de pasar los fines de semana con Alonso carecía de alicientes.
Tenía la edad perfecta para decidir hacia donde enfocar su vida: cuarenta años recién cumplidos.
Era guapa, muy guapa, mas no era consciente de su belleza, lo cual aumentaba su encanto.
Cutis blanco bien cuidado desde su adolescencia, solamente maquillados los labios con el rouge de Paloma Picasso, que le gustó cuando se puso de moda y nunca se atrevió a cambiarlo.
Melena corta de un pelo natural, sano, brillante, bien cortado.
Un cuerpo perfecto, bien moldeado por la natación y Pilates dos días semanales.
No había tenido hijos, lo cual se notaba, no solo en su físico descansado, sino también en que no había adquirido el hábito de sacrificarse.
Sus noches habían sido tan plácidas como sus días, ya que todo en la vida le había venido sin esfuerzo.
Había sido pionera en el mundo de la informática y en cuanto se dio cuenta de que era capaz de hacer unas webs estupendas, decidió dejar el trabajo en la empresa de su padre, independizarse y dedicarse a hacer webs por encargo.
Imponía su santa voluntad y entre su encanto personal y que sus ideas eran muy buenas, conseguía disfrutar y ganar un buen dinero, que añadido al sueldo de su marido, un considerado ingeniero en Iberdrola, les permitía llevar una vida muy agradable.
Sin embargo, Mónica no se sentía satisfecha.

Le faltaba algo.
Necesitaba estímulos.
Tenían amigos comunes, matrimonios con los que solían a cenar los viernes.
Mónica por su parte, solía quedar con su íntima amiga del colegio, Carlota Abrisqueta, una divorciada encantadora a quien podía comentar sus pensamientos más íntimos, sabiendo que contaba con su entendimiento y discreción.
Aquella tarde primaveral en la que el sol hizo despertar a la naturaleza, Mónica quedó con Carlota para dar un paseo por el campo, llegando hasta Bermeo.
Quería sacar unas fotos para una web sobre Vizcaya, mar y montaña.
Poco se imaginaba cuando salió de su casa, que aquella tarde iba a cambiar el ritmo de su existencia.
Recogió a Carlota en su recién estrenado Toyota y las dos, dispuestas a disfrutar de lo lindo, se dirigieron a Munguía.
Pararon en Gatika.
Carlota le había hablado de un bosque que podía interesarle.
Así fue.
Mónica sacó unas fotos y pronto llegaron a Bermeo.
Habían elegido el día perfecto: todos los barcos estaban en el puerto.
Hechas las fotos decidieron regalarse una merecida merienda cena en el Asador Almiketxu.
Pidieron quisquillas de aperitivo y un  besugo para las dos, con una botella de Txaklí nº 7 de las bodegas Itsasmendi de Gernica.

Justo cuando estaban deleitándose en la espera de que les trajeran las viandas, alguien que entraba se acercó a la mesa y saludó con gran simpatía a Carlota, quien correspondió al saludo con entusiasmo.